miércoles, 9 de julio de 2008

Mitologia Emocional




La prevención de la violencia hacia las mujeres, menores, personas con capacidades diferentes, ancianos, etcétera, es un tema de nulo interés para muchas personas y forma parte también de la cultura que impera en el colectivo cultural y social.
Un mito es una historia ficticia, es atribuir cualidades que no tienen a una persona, o bien de una realidad de la que carecen. En nuestras sociedades latinas, los mitos son utilizados en el lenguaje diario para dirigirnos y educar a niños y niñas, incluso es una actitud hacia ellos desde antes de nacer.
Cuando llegan a una edad adulta, ser mujer o ser hombre tiene un significado determinante para las personas. El resultado de estos mensajes ocultos aprendidos desde la infancia se manifiestan, sobre todo, al momento de relacionarse en pareja, pero también en sus relaciones sociales y laborales. Es frecuente conocer de situaciones de violencia en pareja, maltrato a menores, acoso sexual en el medio laboral, discriminación a la mujer en varios contextos, así como también agresión a los varones, especialmente si muestran sensibilidad ante la gente, lo que para muchos es sinónimo de debilidad.
Hay frases que desde la casa y fuera de ella se emplean para regular la conducta de toda la sociedad, como: “Las niñas buenas no se enojan”, como si ser buenas significara reprimir o negar nuestras emociones. Hay toda una educación sutil que estereotipa a las niñas y mujeres desde su físico (la gorda, la flaca) y, al mismo tiempo, minimiza su persona (no es importante lo que dice o siente), exalta el atributo físico en la publicidad como “único valor”.

Sonreír, agradar y servir a los demás se convierte para las mujeres un deber ser. Para algunos hombres (o mujeres) quiere decir que hay que ser obedientes, sobre todo ante las expresiones diversas de autoridad que ejercen (papá, hermano, abuelo, tío, jefe, jefa), y erróneamente las madres que también reproducen estos patrones de conducta y comunicación cuando le dan la razón a su pareja con el pretexto de que es por el bien de la niña. “Para ser aceptada tienes que ser obediente y no repelar”, pareciera ser la regla.

Las niñas que se enojan son malas, dice por ahí. Una emoción como cualquier otra capaz de expresarse tanto por hombres como por mujeres se determina por esos mitos socialmente. En cambio, los niños y hombres son socializados para que no hablen sobre lo que sienten. Cuando tienen frustración o tristeza, son motivados a no hablar, y cuando no hablan, la frustración o rabia se guarda hasta que se expresa en forma violenta.
Recordemos que para los varones, estar enojados es sinónimo de hombría o de capacidad de controlar algo o alguien; aunque para ellos sea mejor hablar o tal vez llorar, de antemano saben que no se les permite mostrar esa parte vulnerable ante los demás, pues va en juego su “prestigio”, por atribuir socialmente este tipo de emociones sólo a mujeres.
Aunque las mujeres tenemos más desarrollada nuestra sensibilidad, se nos niega expresar racionalidad en algunos aspectos, por ejemplo ejercer y expresar la sexualidad y la sensualidad, ser pensantes, ser objetivas o cuestionar. Y los hombres han aprendido, generalmente un analfabetismo emocional (“Los niños no lloran”), se niegan a expresar esa sensibilidad o algunas emociones -ternura, miedo, tristeza- cuando son pareja o son padres.

Pero las mujeres no estamos exentas de utilizar este tipo de lenguaje, al contrario, cuántas veces has escuchado a otras agredir a sus pares o responsabilizarlas de que sus esposos las engañen (por fodongas) o las agredan (se lo merecían.)
Cuando nos unimos a los estereotipos
“ Ese ayuda a su mujer, es un mandilón”. Cuando una mujer opina de esta forma en el contexto social aceptado, es aplaudida por usar un lenguaje agresivo propio de un hombre, otorga la razón a una conducta equivocada. Que un hombre realice actividades domésticas -que no son sólo propias de una mujer- es ejercer un poder de autonomía e independencia al que muy pocos hombres están acostumbrados. Al adquirir una vida en pareja, la mujer es normalmente, la que más adquiere responsabilidades dentro del hogar. El varón espera servicio para corresponder a un afecto o compañía de su pareja. Aún cuando los dos trabajen, se siguen manteniendo estos patrones de conducta en matrimonios.
Existen frases como: “Si piensas en ti, eres una egoísta”, “El hombre que te quiere, te hará sufrir”, “Si cuidas a otros/as, te amarán”,“Para ser amada, tienes que dar todo sin recibir”, “Sólo los hombres pueden garantizar la seguridad económica“, “Juntos, hasta que la muerte nos separe”, “Detrás de un gran hombre hay una gran mujer” y un sinnúmero de frases similares que ya constituyen parte de lenguaje cotidiano son las que perpetúan toda una cultura discriminatoria. No es de extrañarse que, por estas ideas, los divorcios se han incrementado, o que la violencia hacia las mujeres (y varones) o menores, siga vigente.
¿Cuántas personas -jóvenes, adultos, infantes- crees tú que reflexionan sobre estos mitos, que en algún momento de sus vidas han formado parte de su educación o experiencias de vida y que, sin cuestionarlas ni revisarlas, las integraron como verdades absolutas en la forma de ver y vivir la vida, en su socialización masculina o femenina?

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